Jennifer Wygant, Suéltalo y entrégalo a Dios

Me crié en un hogar con tres hermanos en Burnsville, Mineápolis. Me bautizaron cuando era niña y asistía a la iglesia cada semana. En algún momento de la secundaria llegué a estar demasiado ocupada para ir a la iglesia. Mientras mis padres hacían esfuerzos para que nos criáramos con la rutina de ir a la iglesia, la palabra de Dios rara vez volvía con nosotros a casa. Cuando mis hermanos y yo llegamos a la adolescencia, dejamos de asistir a la iglesia como familia.

Siendo una pequeña niña solía dormirme escuchando el walkman. Escuchaba la misma cinta todas las noches. Era de Sandy Patty, que cantaba música cristiana para niños. Cantaba las canciones con ella hasta quedar dormida. Aún de pequeña sabía que quería y necesitaba tener una relación con Dios. Sin embargo, en ese momento, lo único que conocía era la obligación de ir a la iglesia y luego vivir durante la semana como quería hasta el siguiente domingo. Dios era una actividad, no una relación personal que afectaba mi forma de vida.

El primer cristiano que me impactó fue mi entrenador de esquí. Mi entrenador utilizaba las carreras de esquí para enseñarme mecanismos para afrontar la vida adolescente. Su enfoque sobre la vida era simple, y puede resumirse en una frase que él me compartió: “suéltalo y entrégalo a Dios”. Comencé por aplicar este consejo a las ansiedades relacionadas con la competición y mi desempeño, pero rápidamente quedó demostrado que necesitaba aplicarlo a todos los aspectos de mi vida. Llegó el momento en que hice un cartel con letras grandes y lo pegué a la cómoda en mi habitación. Cada día al vestirme recordaba quién tenía el control.

Durante mis años de universidad buscaba una relación con Dios, asistía a la iglesia, pero de vez en cuando. Si bien buscaba ese acercamiento a Dios, mis acciones demostraban que Dios sólo era una actividad más en mi vida ocupada. Entre cursos de enfermería, participación en el ejército de reserva, carreras de cross y esquí (cross-country skiing) no tenía tiempo ni energía para ir a la iglesia los domingos. Todavía intentaba lograr todo con mis propios esfuerzos.

En mi último año de la universidad mis padres se divorciaron. Nadie tenía la respuesta para enmendar el dolor en mi corazón. En ese momento, la frase “suéltalo, entrégalo a Dios” tomó una nueva connotación. Si bien no trajo ninguna solución en el momento, por lo menos reconocí con todo mi corazón que lo que más necesitaba era una buena relación con Dios, Él era la respuesta que había buscado en otras personas por tanto tiempo.

Cuando terminé la universidad tuve que aceptar la realidad de que mi carrera como esquiadora había llegado a su fin. Me mudé a Fort Carson, en Colorado, donde trabajé como enfermera para el ejército de los Estados Unidos. Me entusiasmaba trabajar como enfermera, pero no estaba preparada para dejar de esquiar, así que llamé al entrenador del equipo de esquí de la Academia de la Fuerza Aérea (AFA) e inmediatamente fui aceptada como asistente al entrenador. También aprendí a disparar el rifle de biatlón y comencé a participar en competiciones de biatlón, que combina cross country y tiro al blanco. Una serie de eventos asombrosos precipitaron que al término del invierno formase parte del Equipo de Desarrollo de Biatlón de los EE.UU., quedando temporalmente liberada de mi trabajo en el ejército y aceptada al programa de atletas mundiales del ejército (Army World Class Athlete Program).

Fui al Centro de Entrenamiento Olímpico (OTC) en Lake Placid, en Nueva York, donde me dedicaría a tiempo completo al entrenamiento para el biatlón. Esta vez no busqué ayuda en otras personas. Estaba determinada en conocer a Dios, quería tener tiempo a solas con Dios, la comunión en la iglesia fue una respuesta natural. Comencé a asistir a varias reuniones de estudio bíblico, no alcanzaba el tiempo para absorberlo todo. El entrenamiento para el biatlón me mantenía muy ocupada, pero no quería seguir sin tener a Dios el frente de mi vida, no solamente los domingos. Después de unos meses pedí ser bautizada. Renové mi dedicación al estudio de la palabra de Dios y mi confianza en Él.

Ahora tengo mi fe y mi confianza en Dios. Cuando intento predecir o controlar el próximo paso, recuerdo que no sólo debo “soltarlo y entregarlo” sino que también debo “confiarle el momento”. No sólo debo confiar que Dios va a proveer cada día, sino que también proveerá para cada momento, y eso es en lo único que tengo que pensar.

Quizás gane en las Olimpiadas, quizás no…. Quizás pueda entrenar para el biatlón cuatro años más, quizás regreso a mi empleo como enfermera en el ejército… Quizás Dios tiene algo preparado para mí … Quizás alcance grandes logros en el biatlón, quizás no… Quizás el propósito de mi estancia en Lake Placid no tenga nada que ver con el biatlón…

Estos son muchas probabilidades, pero lo que sí sé es que, sin importar lo que suceda en esta temporada, será tal como Dios quería que fuese. Él tiene el control, y él me ama y me cuida mejor de lo que jamás había imaginado.

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Publicado el 6 abril 2012 en Biathlon, Deportes de invierno, Esqui de fondo y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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